Cultural Care Au Pair

Crecí en Bunbury, una ciudad del oeste australiano, donde viví una vida muy simple. Mientras crecía, era inseparable de mi mamá. Ella siempre hizo muchas cosas por mí y yo siempre la respeté muchísimo. Una de las razones más importantes por la que decidí ser au pair es que quería independizarme y sabía que el programa au pair te daba una oportunidad real de crecer. Necesitaba saber que podía estar lejos de mi familia y arreglármelas sola, sobre todo sin mi mamá.

Durante mi año como au pair aprendí que “podía” vivir por mi cuenta. Cuidar a los chicos de otra persona es una responsabilidad grande y el hecho de que mi mamá anfitriona depositara tanta confianza en mí me empujó a ponerme a la altura de las circunstancias. Aprendí a hacer las cosas sola y a manejar las responsabilidades diarias de la vida adulta. Con el tiempo, aprendí a valorar el tener mi propio tiempo y espacio.

El programa au pair me dio la posibilidad de pensar bien las cosas y entenderme a mí misma. Tenía clara la dirección que quería darle a mi vida y cómo podría usar las fortalezas que había ganado durante el programa para alcanzar mis metas. Al vivir con una familia anfitriona y conocer au pairs de diferentes culturas, aprendí a adaptarme a diferentes personalidades. También mejoré mis habilidades comunicativas, aprendí a conectarme mejor con diferentes clases de personas y a expresar claramente lo que necesitaba decir. Aunque no soy la persona más extrovertida, el programa me ayudó mucho a correr mis límites. Aprendí a defenderme y a ser directa en mis opiniones.

Cuando dejé el aeropuerto de Sydney y viajé por primera vez a Estados Unidos, casi lloré, porque estaba muy nerviosa por viajar sola. Pero al final de mi año, había viajado a tantos otros lugares -a veces con otras personas, a veces sola- que cuando llegó el momento de volver a Sydney me di cuenta de que no estaba nada nerviosa. Ese fue un punto de inflexión muy importante porque me di cuenta de lo que mucho que había crecido.